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Colombia todavía llora a Gaitán | Carlos Machado Villanueva.

Colombia todavía llora a Gaitán | Por Carlos Machado Villanueva publicado en CuatroF Digital.

Jorge Eliécer Gaitán

Jorge Eliécer Gaitán

Los analistas de la realidad sociopolítica colombiana coinciden  que la violencia paramilitar tuvo se inicio al día siguiente de asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, quien al sostener en su discurso pre electoral la necesidad de democratizar la tenencia de la tierra -aún hoy la de más alta concentración en pocas manos- desató la ira de la oligarquía rural neogranadina, que no vaciló en apelar a este doloroso magnicidio ante la inminente victoria electoral del malogrado líder.

Como un reguero de pólvora, la violencia política se extendería por el territorio colombiano y al cabo de un año las víctimas de esta se elevarían a unas 300 mil personas asesinadas, tanto por las fuerzas del ejército colombiano como por  lo que sería la semilla germinal del paramilitarismo colombiano de hoy, las bandas armadas del partido conservador, conocidas como los “Pájaros”.

Luego del vil asesinato de Gaitán, este tipo de agrupación civil fascista cumpliría las instrucciones, –no pocos creen  que se trató de una de las primeras conspiraciones del organismo de inteligencia que antecedió a la CIA- de acabar con todo vestigio del gaitanismo; y es que su prédica fundamental trataba sobre  la urgente necesidad en la Colombia de aquellos años de distribuir la tierra de manera más justa entre quienes la hacían producir, los campesinos sin tierra,  y que constituían la mayoría empobrecida de esa nación.

Los “Pájaros”

Así, las temidos  “Pájaros”  recorrerían por aquellos días los pueblos interioranos de Colombia asaltando caseríos campesinos, quemando sus viviendas y asesinado a sus  moradores con tan solo tener la simple sospecha de que en éste viviesen militantes o simpatizantes del liberalismo gaitanista, a los que la oligarquía  de este país intentó satanizar llamándolos “el chusmero”.

De varios departamentos de Colombia, sobre todo de los ubicados al Sur, centenares de campesinos desplazados por esta violencia,  huirían a las montañas más altas para evitar ser víctimas de las bandas asesinas del partido conservador, particularmente los ubicados en el eje cafetalero colombiano: El Tolima, Rizaralda y Tolemaida. Allí se constituirían en guerrillas liberales campesinas de autodefensa.

Entre estos campesinos, y con apenas 18 años, partiría también un campesino de nombre  Pedro Antonio Marín, quien a la postre se convertiría en el Comandante Manuel Marulanda Vélez, y también en jefe máximo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP), una vez fundadas estas en 1964, convirtiéndose al parecer en el mayor peligro para la perpetuación de le hegemonía de la alianza imperialismo-oligarquía en la patria del Prócer Antonio Nariño.

Hay  analistas del proceso de violencia paramilitar en Colombia que sostienen que el año 1962 marcó el inicio de la actividad paramilitar en Colombia, luego que el general estadounidense William Yarborough visitara el país en el marco de un convenio de asistencia militar, enviado por el entonces  presidente Kennedy.

“Este (Yarborough) propuso ‘reformas’ que permitieran a las fuerzas de seguridad (de Colombia): cuando fuera necesario llevar a cabo sabotaje paramilitar o actividades terroristas contra reconocidos dirigentes comunistas”, sostiene Noam Chomsky.

No hay que olvidar que según los manuales de contrainsurgencia estadounidenses, cuando se habla de comunistas, se habla de dirigentes campesinos, sindicales, intelectuales y de movimientos sociales.

El exterminio de la Unión Patriótica

Es así como en 1984 las FARC firma un acuerdo de paz  de “La Uribe” con el presidente conservador Belisario Betancur; acordando incluso  la participación electoral de los guerrilleros pacificados, así la paz definitiva en este país apareció en el horizonte después de años de conflicto. De inmediato, éstos crearían  el Partido Unión Patriótica (UP) y en la primera confrontación democrática obtendrían 16 alcaldes, 256 concejales y 16 representantes al Congreso de Colombia.

Sin embargo, en  casi dos décadas de ejercicio político, 1984-2002, más de 3 mil de sus militantes fueron asesinados por sicarios paramilitares, entre ellos dos candidatos presidenciales (Jaime Pardo Leal y Bernardo Jaramillo y 13 parlamentarios, entre estos a Manuel José Cepeda, padre de Iván Cepeda, actual defensor de los derechos humanos y senador del Polo Democrático. Entre 1986 y 1988 unos 300 militantes de la UP fueron asesinados solo en el departamento del Meta.

Los paramilitares, que ya para entonces contaban con 5 mil unidades, realizarían una de sus primeras masacres en el municipio de El Castillo, en el corregimiento de Vista Hermosa, en el Meta, en donde asesinaron a 17 militantes de la UP.

Cabe destacar que en vista de la cada vez más demostrada participación del ejército de Colombia, tanto de alto, como de rango medio, en el exterminio de los militantes y dirigentes de la UP, la  oligarquía y la extrema derecha colombiana acordaron desvincularlo definitivamente, en vista del desprestigio al que se expuso el ejército colombiano, cada vez más señalado en informes internacionales sobre Derechos Humanos.

El apogeo del paramilitarismo

Pero es quizás con las dos presidencias del derechista recalcitrante, Álvaro Uribe Vélez, que el paramilitarismo colombiano alcanza su mayor apogeo en Colombia, dando lugar incluso a lo que se dio en llamar la narco-para-política, llegándose al extremo de llevar al congreso colombiano a reconocidos personajes vinculados al narcotráfico y al paramilitarismo

Y es que cada vez surgen más testimonios y denuncias de cómo Uribe estuvo detrás de todas las masacres y asesinatos de dirigentes sociales, acusados de vínculos con las FARC, cometidos por paramilitares. Y no menos grave,  también detrás de los cometidos por miembros del ejército colombiano a través del horrendo método de los “falsos positivos”.

Este permitía secuestrar a personas inocentes en cualquier localidad de Colombia, trasladarlas a la zona de conflicto con las guerrillas y asesinarlas luego de disfrazarlas de supuestos guerrilleros caídos en falsos enfrentamientos. En este infierno consistió pues la llamada política “paz democrática” uribista.

Es así cómo después de haber implantado las mal llamadas cooperativas de autodefensa conocidas como las CONVIVIR, desde su paso por la alcaldía de Medellín, la gobernación de Antioquia, y la presidencia de la república en 2 oportunidades, Uribe aprueba, ya finalizando su segundo mandato en el 2010 una ley de desmovilización paramilitar y concede total impunidad a sus crímenes en Colombia.

Con esta acción,  por lo visto, el siniestro personajes se hizo de un ejército criminal a su servicio para, incluso, agredir y desestabilizar  a países vecinos en alianza con la extrema derecha que hacen vida en estos, como sucede hoy en la frontera de Venezuela.

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